Alis cierra el ciclo #Cultumanía y se despide de los escenarios

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En la pequeña terraza del hotel Molina Lario estaba todo listo para acogernos. Mientras esperábamos con cierta impaciencia -y algo de nervios- la llegada de Pachi García, las mesas se iban llenando de copas de vino y cerveza, y no paraba de llegar gente a la que no le importaba estar toda la noche de pie a falta de sillas. Alis ponía el broche de oro final al ciclo de eventos culturales propuestos en Cultumanía.

A las diez de la noche, el vocalista del grupo aparecía con su guitarra delante de todos nosotros. Presentaba su gira despedida ‘Recopilación de excesos emocionales’ y nos comentaba que iba a dedicarse a tocar algunos temas que quizá no nos sonaran mucho. El público demostró todo lo contrario. Entre los que estábamos allí se encontraban fieles seguidores de la trayectoria musical del grupo que, bajito, cantaban a la vez que Pachi todas las canciones. Una minoría, que recientemente descubríamos la grandeza de su música, sólo podíamos dejarnos hacer y agudizar el oído.

Aún siendo un hombre de pocas palabras en sus conciertos, Pachi nos contaba pequeñas historias de algunos de sus temas, como por ejemplo, la relación amor-odio con las ciudades grandes. ‘Material en disección’ puso divertido a mas de uno y, a su vez, no paraba de sorprendernos con los giros de voz y los cambios de ritmo que conseguía.

Mientras volvía a afinar su guitarra, se declaraba como un ser anti-acústicos ya que, según decía, el hecho de pensar en el concepto de un señor tocando una hora y media con una guitarra no lo concebía, aunque fuese el mismísimo John Lennon. Cierto es que, en ocasiones, ese tipo de conciertos dejan que desear, pero el vocalista desenfundó sus armas contra la posible monotonía musical.

Sus cacharros electróticos, como los presentaba él, aportaron más cuerpo a los temas siguientes. Para ‘El canto de la lluvia‘ -tema inédito en directo que nos regaló-, grababa coros en diferentes tonos que le acompañaban y para ‘Defectos sin efectos’, dejaba el compás marcado hasta el final.

A partir de ahí, la magia contenida en sus manos estalló con los temas que llegaron. La fuerza de ‘Cronología de un ciclón‘ dejó paso a la delicadeza de ‘Fuiste’, que ultrasensibilizó nuestros sentidos. Con ‘Esquivándonos‘ la energía que radiaba vibraba en nosotros, desde los primeros acordes se nos erizaba la piel. Tanto es así que reinaba un silencio sepulcral contenido que estalló en aplausos en los segundos de parón del tema.

Luego no dejábamos de acompañarle los coros hasta que, de nuevo, volvíamos a hacer retumbar la terraza en aplausos. Aquello era magia, magia en estado puro.

‘Mínimo’ nos la presentaba como último tema y nosotros, al acabar, hicimos lo propio: ponernos de pie, aplaudir como si no hubiera mañana y pedirle bises. Y volvió para complacernos.

Para su hija había una canción hermosa donde las haya -’Gigante de Big Fish’- y, para nosotros, tocaba ‘Contraseña‘ y nos volvía a regalar otro momento delicioso con ‘Cuando el sol nos de calambre’. Nos pedía que cantásemos junto a él, pero a muchos de nosotros no nos salía siquiera un hilo de voz.

Y es que ya sucedía, ya se acababa nuestra noche, tocaba despedirse y no pretendíamos asumirlo. Queríamos seguir emocionándonos y no dejar de sentir la electricidad correr por nuestra nuca al oir ciertas letras.

Nosotros, al finalizar, volvíamos a hacer lo propio: nos levantábamos y aplaudíamos con todo nuestro respeto hacía aquel señor de múltiples voces instruido en el arte de los excesos emocionales, capaz de remover las entrañas de la forma más delicada posible, de transmitir mucho de una forma exquisita y de poner sentido y palabras a aquellos momentos de nuestra vida que quizá, alguno de nosotros, no ha sabido expresar nunca.

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